La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Las últimas tres semanas han sido muy intensas. Amén de las peripecias que enfrenta cada persona en su día a día cotidiano, casi todo el mes hemos ido dando tumbos al ritmo de las noticias: el redescubrimiento —porque ya se ha dicho y repetido que en realidad se lo conocía desde el año pasado— del rancho Izaguirre en Teuchitlán ha dado mucho, muchísimo, de qué hablar y, sobre todo, ha venido a evidenciar al aparato propagandístico que gobierna al país, que no conoce escrúpulo alguno cuando se trata de defender lo indefendible; después, hace unos días, vimos cómo Cuauhtémoc Blanco hizo la anotación más importante de su carrera: gol por la impunidad, como dicen las campañas de la televisora, con asistencia de Morena y sus aliados, que una vez más han demostrado que, aunque la mona se vista de guinda, priísta se queda. Finalmente, con mucho menos reflector, pero no menos importante, por fin desapareció el Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, el Inai, medida con la que México retrocede 30 años en materia de transparencia y no se diga en el resguardo de los datos sensibles de las personas, que en tiempos los que corren valen mucho más del que alcanzamos a dimensionar.
Con estos temas y muchos otros llenando las redes sociales de opiniones, llega el punto en que la mente pide esquina. Y entonces, casi como medida de supervivencia, se desconecta y voltea para otro lado. Este es uno de esos momentos.
Desde hace ya varias semanas Vero me contó de una película que le había llamado la atención y que quería ir a ver. Por una cosa u otra, la ida al cine se fue posponiendo. Y, aunque pasaban los días, la película seguía en cartelera. Afortunadamente, por fin coincidimos.
Memorias de un caracol (Adam Elliot, 2024) es una película australiana en stop motion (y vale la pena advertirlo: no es una película infantil). Inicia con Grace Pudel acompañando a Pinky en su lecho de muerte. Una vez que la anciana muere luego de decir sus últimas y enigmáticas palabras, Grace comienza a contarle su historia a Sylvia, uno de los caracoles de su colección, convirtiendo a las y los espectadores en testigos de la que debe ser una de las historias más trágicas, pero también más divertidas, de la pantalla grande.
La película sigue la vida de Grace y su mellizo, Gilbert, quienes quedan huérfanos de madre al momento de nacer el segundo. Por si esto fuera poco, Grace tiene una condición en su rostro que marcará, literalmente, el resto de sus días. Víctima de bullying en la escuela, siempre encuentra refugio en Gilbert, quien la cuida y la protege en todo momento hasta que su padre muere y entonces el Estado los separa al darlos en adopción, por lo que terminan en los extremos del país: Gilbert es dado a una familia de fanáticos religiosos, mientras que Grace es adoptada por la que resulta ser una pareja swinger con fascinación por los libros de superación personal. Ahí conoce a Pinky, una anciana mujer que se encuentra en la recta final de una vida que ha tenido más aventuras de las que jamás tendremos ustedes y yo juntos. Grace encuentra refugio en Pinky y ella, a su vez, encuentra en la adolescente la acompañante perfecta para sus últimos días, marcados por la sombra creciente del Alzheimer.
La cinta dirigida por Elliot es preciosa. El arte y la animación cubren al público como si se tratara del caparazón de un caracol, y la historia que narra lo va llevando a través de la espiral del mismo. Así, quien ve la película avanza por temas como el duelo, obviamente, pero también el bullying, la falta de empatía, la frialdad burocrática, el fanatismo religioso, los prejuicios, los fetiches, las parafilias, la autoestima, la acumulación de objetos como manifestación visible de la acumulación de dolores, el deterioro de las facultades mentales, el cuidado y la compañía. Como un caracol que avanza y deja su rastro de baba, la historia va avanzando mientras las personas en la sala se conmueven, se ríen, se sorprenden, lloran. Y lloran.
«La vida se entiende en retrospectiva, pero se vive hacia adelante». La frase, autoría del filósofo Soren Kierkegaard, es usada por Pinky en una carta que le deja como testamento a Grace. La escribió en uno de sus últimos momentos de lucidez, mientras cuidaba la convalecencia luego de una dura crisis de la chica. Es una invitación a soltar, un empujón para seguir adelante. Ese, creo, ese es uno de los mensajes más poderosos de la cinta: hay que avanzar. Y mientras más ligeros, mejor.
Memorias de un caracol es conmovedora tanto por la calidad de su manufactura como por la potencia de su relato. Si tienen oportunidad de verla, no la dejen pasar: vale la pena de principio a fin.