La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @turcoviejo
Según la página web del sitio arqueológico de Guachimontones, el complejo de construcciones circulares fue descubierto en 1969 por Phil Weigand y su esposa Acelia García, quienes se encontraban realizando investigaciones “para encontrar vestigios de casas prehispánicas en las cercanías de unas tumbas de tiro en el municipio de Etzatlán”. En esa búsqueda, terminaron encontrando, continúa el texto, “vestigios de un altar y varias plataformas en un arreglo circular, estando la tumba al centro de una de esas plataformas. (…) Esto los llevó a realizar una investigación de más de 40 años que los llevaría a descubrir una forma arquitectónica única jamás vista antes en las culturas mesoamericanas: los Guachimontones”.
Un recorrido por el museo de sitio que hay en lugar permite enterarse de que el conjunto arqueológico forma parte de lo que se conoce como la Tradición Teuchitlán. En esa línea, la revista Strategos, del Instituto de Información Estadística y Geográfica, informa que la “tradición de Teuchitlán es milenaria. Floreció hacia el año 1000 a. C. y alcanzó su apogeo cultural, político, económico y social hacia el año 200 d. C. (…) Se estima que desapareció hacia el 500 d. C.(…) Los habitantes de la Tradición de Teuchitlán (25 mil personas), construyeron también el centro prehispánico más grande y más importante de Occidente: los Guachimontones”.
Respecto del nombre Teuchitlán, la revista digital señala que “tiene muchas interpretaciones, hay quienes dicen que está constituida por tres vocablos de origen náhuatl teo / tzi / tlanque se interpreta como ‘Dios’, ‘Reverencia’ y ‘Lugar’, es decir, ‘Lugar donde se hace reverencia a Dios’. También se ha dicho que podría significar ‘El lugar del Dios del Inframundo’, pero al analizar la iconografía de los espacios, la más aceptada es ‘Lugar donde se venera a Dios’, detalla Oswaldo Hernández Gallegos, guía y experto de la historia del lugar”. De manera más simple, el sitio web del gobierno de Jalisco documenta que “se deriva de la voz Teotzitlán o Teutzitlán que se interpreta como ‘lugar dedicado a la divinidad’, ‘lugar del dios Tenoch’ o ‘lugar dedicado al dios reverenciado’”.
Desde hace una semana, el nombre de Teuchitlán se repite una y otra vez en las redes sociales, en los noticieros, en los diarios, en las conversaciones. El municipio es noticia, pero no porque se hayan descubierto nuevos vestigios arqueológicos, sino porque dentro de su territorio fue encontrado el rancho Izaguirre, un campo de adiestramiento y exterminio donde el crimen organizado operó impunemente desde hace no sabemos cuánto tiempo. El “lugar dedicado a la divinidad” se convirtió en el lugar de la impunidad, de la pesadilla, del horror.
Conforme van pasando los días la pesadilla se vuelve más turbia y el horror, más grande. Luego del hallazgo a manos del colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco, lo que ha venido ocurriendo es lamentable por donde se vea: desde la declaración del fiscal Ernesto González de los Santos, quien reconoció que sabían del rancho desde septiembre de 2024 pero que no se inspeccionó a fondo “porque era bastante grande”, hasta la declaración de la presidenta Claudia Sheinbaum quien dijo que primero había que hacer una investigación y luego sacar conclusiones, pasando por la del fiscal Gertz Manero, quien afirmó que no era “creíble” que las autoridades estatal y municipal no tuvieran conocimiento de la operación del rancho. Tiene razón el fiscal, pero se queda corto: lo que no es creíble es que ninguna autoridad, de ningún orden de gobierno, tuviera conocimiento de lo que estaba ocurriendo en el rancho.
El rancho Izaguirre contiene dentro de “bastante grande” perímetro todas, o casi todas, las pesadillas que han venido azotando a México desde hace ya bastante, demasiado tiempo: el poder creciente del crimen organizado, la inoperancia indolente de las autoridades, el imperio de la impunidad; desaparición, reclutamiento forzado, adiestramiento para ser sicarios, el exterminio, la fosa clandestina. Los horrores tejidos por un hilo de muerte: desde San Fernando hasta Teuchitlán, hasta Ayotzinapa, hasta cada punto donde se han encontrado fosas, crematorios, espacios donde los criminales experimentan con químicos para desintegrar cuerpos. Todo con la cómplice omisión de una clase gobernante que no tiene tiempo de atender las crisis y las violencias porque está demasiado ocupada lavándose las manos, deslindándose de cualquier responsabilidad. Y, por si fuera poco, tratando de colgarse del dolor, de sacar raja política para golpetear al adversario, como si no supieran que sabemos que todos son iguales porque, sin importar el color del membrete, todos han permitido que el monstruo extienda sus tentáculos.
El otro día escuché al periodista Óscar Balmen, que se especializa en temas de seguridad y crimen organizado, decir que era posible ver el rancho Izaguirre como una línea de producción que, al final, arrojaba dos cosas: sicarios entrenados, aquellos que lograban sobrevivir, y muertos. Eso, sumado a los hallazgos como ropa, zapatos, cartas, carteras, relicarios y demás objetos, me puso a pensar cuántas de las personas que pasaron por el rancho siguen vivas y ahora son carne de cañón. Cuánta de la ropa que se encontró pertenece a personas que son buscadas por sus familias, quienes todavía pueden aferrarse a la esperanza de encontrarlos con vida —y vaya vida— y cuántos de esos objetos pertenecen a personas cuyos restos están diseminados por el rancho, esperando a ser identificados por un Servicio Médico Forense que tiene demasiados años rebasado y en crisis.
Y mientras todo esto sucede, es imposible no preguntarse cuándo van a llamar a rendir cuentas a Enrique Alfaro, a sus subalternos y a sus antecesores en el gobierno de Aristóteles Sandoval y en la administración de Emilio González. Porque el rancho Izaguirre se volvió noticia la semana pasada, pero los horrores vienen de mucho tiempo atrás y las señales siempre han estado ahí, por más que se esfuercen en negarlas: los desaparecidos de la Central, a los que Alfaro acusó de irse voluntariamente; en los campos de reclutamiento de Tala, de los que supimos y luego olvidamos; en la cifra de desaparecidos que hemos visto crecer sin que nos importara porque nos hicieron creer, y nos convencimos de, que “seguro en algo andaban”.
Teuchitlán se convirtió en estos días en sede y escenario del horror, pero también se convirtió en un poderoso recordatorio de que el Estado, en todos sus colores, abandonó una de sus funciones primordiales: garantizar y salvaguardar la integridad de las personas. Como dice la consigna que alguna vez anoté ya acá: esto no es un país, es una fosa común con himno nacional.
Las familias buscadoras han venido a recordarnos que en su trabajo sin descanso es donde está la esperanza. Con su actuar han demostrado, una vez más, que no se puede esperar nada de las autoridades, más concentras en negar o minimizar el problema. Es nuestro deber no dejarlas solas y sumarnos como podamos. Hay que seguir hablando de Teuchitlán antes de que el siguiente hallazgo nos horrorice. Y aun después de eso.